Lucas, un evangelio universal (XXVIII): El juicio sobre la generación presente (II): (11: 33-53)

Domingo, 6 de Diciembre de 2020

Si hay algo de lo que no puede acusarse jamás a Jesús es de perderse en especulaciones.  Todo parecido entre las elucubraciones que algunos han presentado como filosofía cristiana y la enseñanza de Jesús es pura coincidencia.  Mucho menos se puede decir que estuviera dispuesto a ser diplomático.  Si hasta entonces, había expresado el futuro sombrío que esperaba al pueblo judío refiriéndose nada más y nada menos que a la actividad demoníaca, ahora Lucas nos muestra cómo esa acción diabólica hunde sus raíces en las autoridades espirituales de la nación.  De ellas cabría esperar que arrojaran luz en medio de las tinieblas, pero la realidad es que no era así y el resultado era que si los que deben iluminar no lo hacen, lo que se produce es una negrura insoportable (11: 33-36). 

      Precisamente en ese contexto es donde encaja la diatriba que Jesús lanzó contra escribas y fariseos, una diatriba cuyo punto de partida fue la extrañeza del fariseo al ver que no se lavaba las manos ritualmente antes de comer (11: 37-38).  ¿Qué ponía de manifiesto la profunda enfermedad espiritual de aquellos dirigentes espirituales?  En primer lugar, la presunción de una limpieza espiritual que era totalmente falsa.  Por fuera, podía parecer que aquella gente era íntegra, pero, por dentro, estaban llenos de codicia y de maldad, por cierto, codicia y maldad que se contemplaba fácilmente al ver lo poco dados que eran a dar limosna (11: 39-41).  En segundo lugar, estaba la obsesión con los diezmos.  Aquellos falsos maestros enfatizaban la entrega de diezmos como algo esencial de la Toráh.  Nada más lejos de la realidad.  La Toráh habla muy escasamente del diezmo, pero es que además el diezmo que aparece en el libro del Deuteronomio (14: 22 ss) es una cantidad distribuida trianualmente.  El primer año se gastaba en la propia familia para que fuera consciente de que todo venía de Dios (Deuteronomio 14: 22-27).  Al cabo de tres años, ese diezmo no se empleaba en la propia familia sino en el levita y los necesitados (Deuteronomio 14: 28-29).  El año intermedio entre el primero y el tercero puede que se entregara de manera exclusiva a los levitas (Deuteronomio 14: 27) aunque el pasaje no es claro.  Sin embargo, los fariseos habían ido - ¿movidos por la codicia? – mucho más allá de lo contenido en la Toráh y exigían más diezmos y además consideraban que eran una muestra especial de santidad como podemos ver en la parábola del fariseo y del publicano (Lucas 18: 12).  Estaban más que errados.  Ese énfasis en los diezmos que sobrepasaba la enseñanza de la Biblia no era sino una señal indiscutible de que pasaban por alto lo más importante de la Toráh: la justicia y el amor de Dios. 

      En tercer lugar, aquellos maestros extraviados eran soberbios.  Les encantaban los honores, las apariencias, las alabanzas (11: 43).   Pensaban ser alguien aunque, seguramente, en muchos casos no podían pretenderlo ni siquiera desde una perspectiva humana.

      En cuarto lugar, se trataba de gente que en su interior llevaba mucha inmundicia espiritual sin que la gente lo advirtiera y, por lo tanto, sin percatarse de que esa suciedad los ensuciaba (11: 44).   Ciertamente, muchos no lo advierten, pero el contacto con un falso maestro lo único que genera es inmundicia espiritual.

     Aquella cuádruple crítica de los fariseos provocó – es lógico – la preocupación de los intérpretes de la ley.  Jesús decía eso de los fariseos…  ¿no se percataba de que también los estaba insultando a ellos con esas palabras? (11: 45).  Jesús podría haber pedido disculpas por su falta de amor al describir a los fariseos de esa manera, pero, gracias a Dios, no pensaba igual que muchos cristianos y llamaba a las cosas por su nombre.  Había dicho lo que creía de los fariseos y ahora iba a expresar lo que tenía en el corazón sobre los escribas.  No eran, desde luego, mejores que los fariseos. 

      En primer lugar, ideaban interpretaciones de la ley de Dios que asfixiaban a los seres humanos aunque, como era de esperar, no se molestaban lo más mínimo en ayudar a las pobres gentes a sobrellevar semejantes cargas (11: 46).  En segundo lugar, eran gentes que apelaban continuamente al glorioso pasado espiritual, pero que, en realidad, pertenecían a la estirpe de los que habían perseguido con saña a los que advirtieron de los sucesivos juicios de Dios (11: 47-48).  Precisamente, con esa gente dirigiendo espiritualmente al pueblo sólo cabía esperar un nuevo juicio de Dios, un juicio mucho más severo que borraría del mapa Jerusalén y el templo (11: 49-51). 

       Finalmente – séptimo ay – aquellos dirigentes espirituales eran una maldición porque ni ellos entraban en el Reino ni dejaban entrar (11: 52).  Aquella gente hubiera podido mostrar las Escrituras al pueblo, claro está, pero habían preferido convertirlas en su monopolio, un monopolio que podía servir a su codicia y su soberbia, pero no a su bondad espiritual.  Por supuesto, la gente que debía haber recibido orientación espiritual sólo había escuchado reclamaciones para que entregaran diezmos, se inclinaran ante aquellos predicadores rezumantes de soberbia y se sometieran a sus interpretaciones gravosas de la ley de Dios.  El resultado sería una calamidad incomparable y que así debía ser se comprende al ver cómo aquellos que escucharon a Jesús no sólo no mostraron el menor arrepentimiento sino que le saltaron encima intentando captar una palabra con la que desacreditarlo (11: 53).

     Las palabras de Jesús resultan de una extraordinaria pertinencia hoy en día.  Los dirigentes espirituales, los maestros, los intérpretes de la generación ¿son gente cuya pureza espiritual es exterior o interior?  ¿Se caracterizan por exigir diezmos y dinero a todas horas o, por el contrario, se centran sobre todo en la justicia y el amor de Dios?  ¿Son personas que se engrandecen de manera no pocas veces ridículas, que gustan del ensalzamiento, que aman la adulación o, por el contrario, colocan a Dios en primer lugar?  ¿Son el tipo de gente que mejora espiritualmente a otros o, por el contrario, ensucian con sus enseñanzas la vida espiritual de la gente?  ¿Son personas que enseñan la libertad del Evangelio o que, por el contrario, no dejan de arrojar cargas y más cargas sobre la gente sin, por supuesto, utilizar un dedo para convertirlas en más livianas?  ¿Son de aquellos que repiten en su vida el ejemplo de los profetas o, más bien, de los que los mencionan, pero luego viven como si ahora mismo estuvieran dispuestos a matarlos?  ¿Son canales de conocimiento de la Biblia o, por el contrario, ni se enseñan ni enseñan el mensaje de las Escrituras?  Si, efectivamente, los dirigentes espirituales son gente como aquellos escribas y fariseos, esa generación necesita con mayor urgencia que nunca volverse hacia Dios.  Así es porque el juicio de Dios va a caer irremisiblemente sobre esa generación y lo hará de la manera más severa… aunque esos dirigentes espirituales desviados intenten acabar con aquellos que, como Jesús, muestran su distanciamiento de la enseñanza del Señor.

CONTINUARÁ        

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