Viernes, 13 de Diciembre de 2019

Marcos, un evangelio para los gentiles (XXVI): 14: 32-42

Aunque, seguramente, los discípulos se encontraban desconcertados tras la revelación de Jesús de que todos huirían, poco podían imaginar lo que vendría a continuación.  De hecho, juntos – salvo Judas – llegaron a Getsemaní, un olivar situado cerca de Jerusalén y que, muy posiblemente, no tenía nada que ver con el lugar que se enseña hoy en día sino que se encontraba a unos centenares de metros.  El enclave servía, ocasionalmente, para proporcionar alojamiento a los peregrinos que descendían a la fiesta y resultaba ideal para perderse en medio de la multitud.  Lo había sido hasta entonces, al menos.  Cuando llegaron, Jesús se separó de los discípulos, con la excepción de Pedro, Santiago y Juan, y se apartó a orar (14: 32-33).  La confesión de Jesús a sus discípulos en esos momentos resulta verdaderamente sobrecogedora.  Su alma sufría una tristeza sólo propia de la muerte y además se mantendría en esa situación hasta el último momento (13: 34).  Podemos especular sobre esa sensación, pero Jesús había entrado en un lóbrego túnel de abatimiento que no acabaría hasta su propia muerte.  En esos instantes, lo único que pedía a los tres más cercanos era que lo acompañaran mientras oraba.

Jesús no tenía una visión romántica de lo que iba a acontecer.  Por el contrario, se postró en tierra – a propósito, ¿cuándo fue la última vez que se postró el lector en tierra para dirigirse a Dios? – y comenzó a suplicar a su papá – es el significado de la palabra Abba – que si era posible no le hiciera pasar el trago que aparecía ante él aunque, por supuesto, estaba dispuesto a asumir completamente la voluntad del Padre.  Estas sencillas palabras de Jesús – resumidas por Marcos de manera casi telegráfica – constituyen todo un tratado de teología para la existencia de aquellos que desean vivir en la voluntad de Dios.  En ocasiones, ante nosotros se extiende un panorama que no nos agrada.  Pasa por enfrentar situaciones difíciles, por decir palabras difíciles, por abordar conductas difíciles, por soportar silencios difíciles, por afrontar contextos difíciles.  Ante una situación semejante, podemos huir, rebelarnos, maldecir, cerrar los ojos…  Sin embargo, sólo existe una actitud correcta.  Esa actitud pasa por reconocer, en primer lugar, que no nos agrada lo que tenemos que hacer.  Puede ser más o menos doloroso, pero no nos gusta.  Nos desagrada profundamente el coste que puede tener para nuestra vida o la de nuestro seres queridos.  En segundo lugar, creemos que Dios, si lo desea, puede encontrar alternativas y le agradeceríamos que así lo hiciera evitándonos pasar por determinadas situaciones.  Pero, finalmente, aceptamos lo que Dios haya decidido en la firme convicción de que es Su voluntad la que debe ser llevada a cabo y no la nuestra.     

Eso fue lo que Jesús oró aquella noche y no lo pudo hacer más en soledad.  De hecho, cuando se acercó a sus discípulos más cercanos, los encontró durmiendo.  De manera bien significativa, Pedro que tanto había alzado la voz protestando durante la última cena se había quedado también dormido antes de que pasara una hora (14: 37).  La realidad era que había transgredido una regla indispensable en la vida espiritual, la de que hay que mantenerse alerta y orar para no caer porque aunque nuestra disposición espiritual sea la mejor nuestra naturaleza pecadora – la carne – es ciertamente débil (14: 38). 

Aquella triste situación se repitió dos veces más aquella noche y en las dos ocasiones, Jesús se sometió a la voluntad del Padre mientras sus discípulos más cercanos seguían durmiendo (14: 39-41).  En las palabras de Jesús en el versículo 41 aparece la triste constatación de que ya se había pasado el tiempo de oración de los tres y que podían seguir durmiendo.  Así sucede también en nuestras vidas.  Tenemos oportunidades, momentos, posibilidades, incluso el privilegio de unirnos en oración y respaldo a situaciones cuya relevancia quizá no llegamos a entender, pero en no pocas ocasiones, seguimos dormidos.  No captamos la relevancia de ese instante, no percibimos hasta qué punto resulta esencial, estamos roncando mientras la Historia de Dios se encuentra a unos metros de nosotros.  Quizá teníamos una disposición teórica que resultaba óptima, pero el peso de nuestra carne acaba siendo mayor porque nuestra vida no está marcada por la vigilancia y la oración.  Al final, preferimos nuestra zona de confort - ¡¡qué expresión tan cobarde!! – y nos dormimos mientras llegan para intentar matar al Hijo de Dios. 

Así sucedió en aquella terrible noche.  Jesús los dejó dormir hasta que no fue posible que continuaran hundidos en el sopor.  Su “Basta” señaló que la realidad los iba a arrancar de su cómodo sueño.  El Hijo del hombre iba a ser entregado en manos de pecadores gracias a la acción de un traidor.

CONTINUARÁ 

 

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