Viernes, 13 de Diciembre de 2019

Marcos, un evangelio para los gentiles (XXX): 16: 9-20: aquel prodigioso día de domingo (II): las apariciones

Domingo, 1 de Diciembre de 2019

Si la tumba vacía provocó el estupor, la sorpresa y el miedo de los seguidores de Jesús, las apariciones crearon la seguridad de la resurrección.  Sin embargo, fue un proceso paulatino y con dudas.  Marcos selecciona en su evangelio sólo algunas de esas apariciones.  La primera persona a la que señala es María Magdalena (16: 9), la mujer de la que Jesús había expulsado siete demonios.  Sin embargo, la experiencia de María – que aparece especialmente relatada en el evangelio de Juan - no provocó la fe de los discípulos.  A decir verdad y en contra de lo que veríamos en una película, su testimonio no fue creído (16: 10-11).  Si ello se debió a prejuicios contra una mujer, a reflexiones sobre su pasado o a mera incredulidad no es fácil saberlo, pero lo que resulta indiscutible es que no creyeron en ella.  La situación no cambió cuando Jesús se apareció a dos discípulos que iban por el camino (16: 12).  Su testimonio que se sumaba al de María Magdalena no fue aceptado como verosímil (16: 13).  Debieron ser aquellas horas difíciles en las que, por un lado, la idea de que Jesús venciera la muerte era difícil de ser aceptada y, por otro, los testimonios se iban sumando.

La situación sí parece haber cambiado cuando Jesús se apareció a los once apóstoles que quedaban y les reprendió por su incredulidad (16: 14).  A partir de ese momento, la resurrección de Jesús resultaba indiscutible aunque el evangelio de Juan nos ha dejado el dato de que Tomás no estuvo en una aparición anterior y se mostró más que dubitativo ante el testimonio de los otros apóstoles (Juan 20). 

Precisamente, a partir de esa aseveración Marcos puede concluir su evangelio señalando la misión que el Jesús resucitado entrega a sus discípulos.  Esa misión consistiría en ir predicando el Evangelio a toda criatura (16: 15), una circunstancia de enorme relevancia porque el que creyera y fuera bautizado sería salvo, pero el que no creyera sería condenado (16: 16).  La descripción de Jesús resulta más que reveladora y, con certera, parecerá chocante a más de un lector.  Jesús jamás ordenó a sus discípulos bautizar niños y jamás enseñó que la salvación vendría por someterse a una jerarquía, realizar ciertas obras o practicar determinadas ceremonias.  Por el contrario, Jesús enseñó de manera inequívoca que, primero, había que crear y sólo después vendría el bautismo – algo totalmente imposible en un niño – por añadidura, dejó de manifiesto que, al creer, esa persona recibiría la salvación. 

Esa enseñanza de Jesús era totalmente coherente con lo que había predicado durante años y, por supuesto, con la predicación apostólica posterior.  Cuestión aparte es que no se parezca nada a lo que determinadas entidades religiosas presentan como mensaje de salvación.

Entre los que creyeran en Jesús se podrían observar determinadas señales como la expulsión de demonios – nada que ver con los rituales de exorcismo posteriores – el hablar en lenguas, la resistencia a los venenos y la curación de los enfermos sobre los que impusieran las manos (16: 17-18).

Esa gran comisión pronunciada por Jesús precedió a la ascensión del Señor a los cielos donde se sentó a la diestra de Dios (16: 19).  Fue entonces cuando sus discípulos salieron a predicar, por todas partes, recibiendo la ayuda del Señor y la confirmación de su mensaje con las señales anunciadas (16: 20). 

En no escasa medida, el evangelio de Marcos concluye como si se tratara de un círculo perfecto.  Comenzó con un rey mesías que aparecía como siervo sin referencia a genealogía, sin referencia a sus padres, sin referencia al linaje.  Concluye, finalmente, con la reivindicación de ese rey mesías cuya tarea no acaba en la cruz y la sepultura sino que se alzó de entre los muertos; se apareció varias veces a sus discípulos y ascendió al cielo no sin antes confiarles una misión de extraordinaria relevancia: la de predicar por todo el mundo el mensaje de salvación.  Ese mensaje de salvación consistía en que el que crea se salvará y el que no crea, se condenará.  A esos gentiles, a esos romanos, Marcos podía señalarles que había un camino de salvación y que la proclamación de ese mensaje no dejaría de recibir el apoyo del propio Señor reivindicado por Dios.  Sin duda, se trataba de un anuncio enormemente relevante en vísperas de una persecución que resultaría especialmente pavorosa, pero a la que los que creyeran en Jesús sobrevivirían.  Entonces, en el siglo I d. de C., ahora y siempre.  A eso sólo puede decirse la palabra final de Marcos: Amén.

CONTINUARÁ

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