Miércoles, 19 de Junio de 2019

Mateo, el evangelio judío (XXI): El tercer gran discurso de Jesús (capítulo 13)

Viernes, 13 de Julio de 2018

¿Cómo sería el Reino de Dios? Semejante pregunta ha llevado a no pocas especulaciones a los judíos de todos los tiempos. Para algunos, no sería sino un remedo del actual estado de Israel aunque, eso sí, con Dios y mesías incluidos.

Con una incomparable fuerza militar, no sólo se sacudiría de encima a sus enemigos sino que además mantendría un poder notable más allá de sus fronteras mientras riquezas procedentes de las naciones gentiles afluirían hasta Jerusalén de manera gigantesca e incesante. Para otros, el elemento hegemónico tenía menos valor ya que pensaban que los gentiles no serían siervos de los judíos – como sostienen muchos judíos ortodoxos a día de hoy – por la sencilla razón de que habrían desaparecido. El reino sería entonces una sucesión de pantragruelicos banquetes en los que se comería incluso la carne del Leviatán. El elemento supremacista judío resultaba innegable y, en términos generales, las perspectivas que esperaban a los gentiles – los goyim – no eran nada halagüeñas. Con seguridad, Jesús hubiera tenido no poca repercusión de predicar puntos de vista similares, pero no hizo nada ni lejanamente parecido. A decir verdad – y en esto siguió la línea de los profetas y de Juan el Bautista – anunció un Reino que ni se implanta ni se sostiene sobre la base de la fuerza militar y de las relaciones internacionales, un Reino totalmente distinto.

Para referirse al Reino, Jesús utilizó un género literario que los judíos llamaban mashal y que nosotros conocemos como parábola. El erudito judío Joseph Klausner llegó a afirmar que nadie había creado parábolas como las de Jesús y, ciertamente, tenía razón. El Talmud reproduce meshalim de distintos rabinos y hay que reconocer que, en términos generales, parecen demasiado pesadas y torpes en comparación con las debidas a Jesús. No vamos a entrar en una exégesis detallada de las parábolas de este discurso, pero sí hay que detenerse en algunos aspectos que muestran cómo es ese Reino.

1. No todos responden igual al anuncio del Reino. A decir verdad, la proclamación del Reino es cómo la labor del sembrador. Sale a sembrar, pero la mayor parte de la semilla se pierde por distintas razones y sólo una parte da fruto, pero ésta… puede ser excepcional (13: 3-9). La realidad es que muchos escuchan, pero no faltan los que no dejan crecer la semilla por las dificultades que surgen al seguir el Evangelio o simplemente permiten que lo material tenga preeminencia sobre lo espiritual (13: 18-23). Sí, han leído ustedes bien. El Evangelio del Reino lejos de ser un camino de rosas implica muchas veces persecución y pérdidas materiales y hay gente que impide que la semilla germine por esas razones.

2. No todo lo que parece Reino es realmente Reino. Desde la caída del imperio romano y su sustitución, poco a poco y no escasas veces recurriendo a la violencia, por el obispo de Roma se ha tendido a identificar el Reino con la institución eclesial. Lo que hiciera ésta quedaba más que legitimado – cruzada e inquisición, por ejemplo – por el hecho de que era el impoluto Reino de Dios. Jesús, sin embargo, enseña algo muy distinto. En primer lugar que en el Reino actúa el Diablo sembrando cizaña y esa cizaña es muy difícil de discernir. A decir verdad, si se intentara arrancar se cometerían graves errores porque gente que parece trigo es cizaña y viceversa. Sólo el juicio final permitirá ver las cosas con la claridad necesaria (13: 24-30 y 36-43). Este mismo mensaje es el comunicado por las dos parábolas siguientes, la del grano de mostaza y la levadura. Una interpretación triunfalista ha visto siempre en estos textos la idea de un crecimiento sensacional del Reino y la ha ligado con el aumento numérico de una confesión religiosa. Sin embargo, no es eso lo que dice Jesús. El Reino, ciertamente, crece, pero cuando pasa de ser una diminuta semilla de mostaza a árbol acaban llegando los pájaros – un símbolo del poderío del paganismo, por ejemplo, en Daniel 4: 12 – y se posan en sus ramas. O, de manera semejante, es como una masa pequeña que, al recibir la levadura – un elemento corruptor en la Biblia (I Corintios 5: 6-8) – crece inmensamente. Cualquiera que conozca la Historia del cristianismo sabe hasta qué punto son acertadas sus palabras. De hecho, la corrupción del cristianismo, especialmente a partir del siglo IV, no deja dudas al respecto. Personaje tan poco sospechoso como el cardenal Newman llegó a escribir: “En el curso del siglo cuarto dos movimientos o desarrollos se extendieron por la faz de la cristiandad, con una rapidez característica de la Iglesia: uno ascético, el otro, ritual o ceremonial. Se nos dice de varias maneras en Eusebio (V. Const III, 1, IV, 23, &c), que Constantino, a fin de recomendar la nueva religión a los paganos, transfirió a la misma los ornamentos externos a los que aquellos habían estado acostumbrados por su parte. No es necesario entrar en un tema con el que la diligencia de los escritores protestantes nos ha familiarizado a la mayoría de nosotros. El uso de templos, especialmente los dedicados a casos concretos, y adornados en ocasiones con ramas de árboles; el incienso, las lámparas y velas; las ofrendas votivas al curarse de una enfermedad; el agua bendita; los asilos; los días y épocas sagrados; el uso de calendarios, las procesiones, las bendiciones de los campos; las vestiduras sacerdotales, la tonsura, el anillo matrimonial, el volverse hacia Oriente, las imágenes en una fecha posterior, quizás el canto eclesiástico, y el Kirie Eleison son todos de origen pagano y santificados por su adopción en la Iglesia” (J. H. Newman, An Essay on the Development of Christian Doctrine, Londres, 1890, p. 373. El énfasis es nuestro). El pasaje de Newman difícilmente podría ser más elocuente. La entrada masiva de paganos en el seno del cristianismo no estuvo marcada por conversiones sinceras en las que el paganismo quedaba abandonado junto con otro tipo de conductas incompatibles con el cristianismo. Por el contrario, lo que sucedió fue que el deseo de promoción social o la moda espiritual – una moda no muy diferente de la que llevó a MT o a los Hare Krshna a tantas celebridades de los años sesenta y setenta del siglo XX – condujo a multitud de personas al cristianismo. Con ellos trajeron un paganismo que no sólo no desapareció sino que fue absorbido por la iglesia occidental plasmando una nueva espiritualidad. La pureza del cristianismo primitivo desapareció y así seguiría sucediendo, en términos generales, durante algo más de un milenio. Jesús lo había advertido.

3. A pesar de todo, el mayor tesoro en que se puede soñar es el Reino. Sí, es cierto, el Reino no es una potencia ejerciendo su hegemonía sobre los goyim. Sí, es cierto, el Reino puede corromperse y aunque crezca estar lleno de cizaña y de pájaros de cuenta. Sin embargo, a pesar de todo, no existe nada que pueda superarlo. Es más: hay que decidirse por él y hay que hacerlo con el entusiasmo y la rapidez que pondría alguien que se encuentra un maletín con un millón de dólares en el interior de un automóvil o con una ganga inmobiliaria o con una perla de gran precio o con un tesoro enterrado. Hay que actúar con la mayor rapidez para no perder la oportunidad de su vida. El Reino de los cielos es la gran oportunidad del género humano tanto individual como colectivamente y la única salida es responder con entusiasmo ante esa oportunidad (13: 44-46) y

4. El Reino se verá reivindicado al final de la Historia. En esta vida no acaba todo. Puede gustar más o menos, pero así es. Un día se separará el trigo de la cizaña (13: 30) y los peces buenos serán apartados de los malos (13: 47-50). Así es el Reino. Nada que ver con dar en la cresta a las naciones de alrededor o en someterlas a la esclavitud.

 

En realidad, los judíos deberían saber todo esto porque, por ejemplo, los cantos del Siervo son muy claros al respecto. Sin embargo, la inmensa mayoría no se estaba enterando. Una pena porque quien acaba entrando en el Reino de Dios recibe una extraordinaria suma de lo antiguo anunciado y de lo nuevo ya cumplido (13: 51).

De manera bien significativa, el capítulo 13, el tercer gran discurso de Jesús, acaba con una nota triste. Al llegar al lugar donde había vivido años – Nazaret – no se encontró con una adhesión al reino sino con gente que se preguntaba como podía tener autoridad un personaje que era el hijo de “la” María y cuyos hermanos eran Jacobo, José, Simón y Judas aparte de contar con hermanas conocidas (Mateo 13: 53-55). No. Era imposible aceptarlo. No sorprende que Jesús señalara que el profeta carece de honra sólo en su casa y en su familia (13: 57). Tampoco sorprende que no realizara muchos milagros a causa de la incredulidad de la gente (13: 58). A fin de cuentas, el mayor obstáculo para la acción de Dios somos nosotros mismos. ¿Entraremos en el Reino… o no?

 

CONTINUARÁ

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