Lunes, 14 de Octubre de 2019

IV.- ¿Existió realmente Mahoma?(III): las fuentes históricas sobre Mahoma (III): el Corán (III)

Viernes, 27 de Septiembre de 2019

Otro problema que plantea el Corán como fuente es el de la ordenación de las suras.  De una extensión bastante similar a la del Nuevo Testamento, el Corán contiene una serie de textos que se interpretan convencionalmente como el conjunto de revelaciones recibidas por Mahoma a lo largo de un par de décadas y comunicadas por éste a sus contemporáneos.   Para el lector inexperto, la obra puede parecer en un primer acercamiento desprovista de coherencia.  Los fragmentos fundamentalmente poéticos se alternan con normas no del todo sistematizadas que van del derecho de familia al de sucesiones pasando por el de guerra.  Para colmo, las disposiciones parecen incluso contradecirse.  En realidad, esa impresión se desprende fundamentalmente de la ordenación que presenta el Corán.  

El texto del Corán está compuesto por 114 capítulos, denominados suras o azoras, que, a su vez, se dividen en versículos, también llamados ayas o aleyas.  En la ordenación de estos capítulos, no se siguió un criterio cronológico sino de extensión.  Tal conducta no es tan extraña como puede parecer a primera vista.  De hecho, también las cartas del apóstol Pablo están colocadas en el Nuevo Testamento de acuerdo con su extensión y no por su orden cronológico.   Así, en el Corán, salvo la primera sura (Al-Fatiha), suelen aparecer primero las suras más largas y a continuación las demás en orden decreciente de extensión.   Sin embargo, cuando se procede a una lectura del Corán no de acuerdo a su orden actual sino al cronológico, el texto cobra una mayor coherencia y un valor nada desdeñable como fuente.  

Los especialistas dividen, con escasas variaciones, los textos del Corán en cuatro períodos de aparición a los que se denomina primero mecano – o mequí - (correspondiente a los años 610-615), segundo mecano (615-619), tercero mecano (619-622) y medinés que va desde la Héjira o abandono de la La Meca por Mahoma hasta su fallecimiento.   No coinciden los especialistas en el orden que han de tener las suras[19] siquiera porque no faltan las aleyas – más antiguas o más modernas – interpoladas en suras que son de otra época.  Al respecto, el orden de las suras semi-oficial propuesto por la universidad islámica de al-Azhar no es aceptado sin discusión y ha sido objeto recientemente de planteamientos alternativos[20].  Intentos de recolocación muy notables han sido los de Blachère[21] y Bell[22] - especialmente el último – pero no se puede decir que la coincidencia sea ni lejanamente total.   Con todo, sí existe una posibilidad razonable de ubicar la mayoría de las suras en orden de acuerdo con los períodos, circunstancia ésta que arroja notable luz sobre la evolución de la predicación de Mahoma. 

También nos movemos con certeza razonable a la hora de determinar la ubicación cronológica de las suras.  El primer período mecano corresponde a suras que tienen un estilo similar.  Las aleyas tienen, por regla general, entre seis y diez sílabas; las frases se suceden de manera rítmica y suelen aparecer grupos estróficos con estribillo (77).  De manera reveladora, no es extraño encontrar referencias a los astros o a los montes sagrados (81) que llevan a pensar en lo que pudo ser la religión mecana de la época de Mahoma.  En este primer período mecano, se pueden advertir, a su vez, tres divisiones claras.  La primera se caracteriza por suras breves en las que Mahoma aparece como un individuo dubitativo que se siente débil e incluso que raya en la desesperación al reflexionar en la amplitud del cometido que tiene que llevar a cabo (74, 1-7; 93: 1-11; 94: 1-8).  Después de estos primeros textos, habría que situar otras veintitrés suras en las que el tema fundamental es el anuncio de una Hora que está próxima.  Se trata de un Juicio que va a ser inmediato, y del que nadie podrá escapar (70; 99).  Responder o no a esa advertencia tendría consecuencias directas de recompensa o de castigo (99: 1-8; 15-29).  A esta época pertenecen descripciones de las delicias del Paraíso (72) sobre cuyo origen e inspiración se sigue discutiendo a día de hoy [23].

El mensaje de ese primer período mecano no se centra sólo en la advertencia del Juicio y en las consecuencias que derivan de él sino que también incluye referencias a deberes morales como el de la caridad (92).  Curiosamente, en esta fase, hallamos titubeos en relación con una de las enseñanzas que será capital en el Islam.   Nos referimos a la de la unicidad de la Divinidad.  De hecho, como veremos en la sura 53: 19-25, parece apreciarse una reticencia a condenar el culto de tres divinidades femeninas de la Meca [24].   De esa ambigüedad se saldrá, no obstante, poco más adelante (72, 1-4).

Tras estas dos agrupaciones de suras, nos encontramos con otras once dispersas en la Vulgata otmaniana a partir de la 70.  En ellas, se percibe ya la consciencia de Mahoma de que sería difícil llegar a un acuerdo con sus adversarios mecanos (73: 10-13).  Esta amarga realidad discurre en paralelo con una insistencia en la limosna (90, 1-21), con referencias a la devoción nocturna (73: 1-4) e incluso con la aparición de una oración propia de los seguidores de Mahoma, la que sería conocida como Fatiha, la primera sura del Corán.

El segundo período mecano nos ha llegado a través de veintidós capítulos que comienzan en la sura 18 y se intercalan hasta la 53.   A diferencia de los textos previos, breves, intensos y completos en si, aquí nos encontramos con suras que son fruto de una acumulación (18).  Las aleyas son más largas contando con una media de doce a veinte sílabas.  Por añadidura, los textos no tienen ya el tono contundente como un trallazo del período anterior sino que predomina más la diatriba y el discurso entrelazado con argumentos.  Las frases además suelen concluir en asonancias de variedad limitada. 

Significativo en este período resulta el uso del título de ar-Rajmán para referirse a Dios (43: 8/9-12/13; 36: 33-44).  Los seguidores de Mahoma aparecen separados de sus adversarios (23: 83/81-92/90) que encontrarán su castigo en la Guehenna (44: 33/34-59).  De manera bien relevante y quizá causal, encontramos que el dogma de la unicidad divina ya resulta indiscutible (23: 93/91-94/92).  Igualmente, la misión de Mahoma aparece claramente perfilada como un monitor (18: 93/94-95/96).  Empieza a ser comparado igualmente con otros profetas del pasado que fueron enviados por Dios y a los que sus respectivos pueblos rechazaron (54; 37; 71; 26; 15; 21).  De manera significativa, se menciona a Abraham que chocó con la ceguera pagana de su padre (19: 42/41-51/50; 43: 25/26-38/39) y a Jesús, el hijo de María (Isa ben Marién) que supo lo que era el rechazo de los judíos (19).   

El tercer y último período mecano aparece en veintidós suras que presentan un estilo muy similar al del segundo.  En no pocos casos, nos encontramos con qyue incluyen revelaciones posteriores al año 622 interpoladas en textos de los primeros tiempos de la Meca.  Es el caso, por ejemplo, de las aleyas 5 y ss de la sura 17.  Es bastante corriente, por otro lado, encontrarse con suras en las que se da cita un estilo típico de las homilías que ya ha aparecido antes, pero que ahora resulta mucho más común.  Se trata de textos que ya no tienen como objetivo la conversión de los mecanos sino el ampliar más bien el espectro de personas al que se dirige el mensaje.  La temática gira fundamentalmente en torno a tres cuestiones: el recuerdo de los fracasos sufridos en el pasado por los profetas, la insistencia en la veracidad de la predicación y la resignación que deben sentir los seguidores de Mahoma con su destino.   Encontramos así referencias desarrolladas a Moisés (7: 102/104-175/176) o a José (12) sura que, como hemos visto, fue considerada apócrifa por algunos musulmanes.  Incluso llega a relacionarse por primera vez la figura de Abraham con el culto de la Meca (14: 38, 40-42).  A los que rechazan el mensaje de Mahoma en la Meca les espera un castigo semejante al que sufrieron en el pasado otras naciones que no aceptaron la advertencia de los profetas (46: 25/26-27/28) ya que en aquella época daba la sensación de que no se volverían hacia su predicación (16: 39/37).

En el año 622, Mahoma abandonó la Meca estableciéndose en Medina.  Semejante cambio – esencial, como tendremos ocasión de ver, en la vida de Mahoma – tiene también su reflejo en el Corán.  Mahoma deja de ser un monitor para convertirse en un verdadero caudillo.   A esta época pertenecen veinticuatro suras que aparecen dispersas por el texto del Corán.  Las más largas se encuentran al inicio (suras de la 2 a la 5) mientras que otras como la 41 o la 98 aparecen recogidas a mitad del Corán o al final.   Su contenido legislativo es innegable y lógico.  Por ejemplo, en la sura 24, encontramos referencias al tratamiento del adulterio, a las relaciones conyugales adecuadas o a las esposas. 

Al mismo tiempo, en las suras de este período podríamos contemplar el reflejo de episodios como el distanciamiento y posterior ruptura con los judíos.  En esta época, desde luego, las referencias a los judíos son negativas.  Se les acusa de practicar la usura (4: 159/161), de haber alterado el texto de la revelación (2: 70/75; 73/79; 4: 48/46) y de ceguera (2: 87/93; 3: 177/181 a 181/184).  De manera comprensible, Jerusalén deja de ser el lugar en cuya dirección se ora para verse sustituido por la Meca (2: 136/142 a 147/152).   De forma significativa también, no existe inicialmente esa misma hostilidad hacia los cristianos.  Incluso se recomienda a algunos de ellos como los más cercanos a los seguidores de Mahoma (5: 85/82), por más que se insista en negar la doctrina de la Trinidad (5: 169/171).  Incluso se afirma que algunos de ellos podrían entrar en el Paraíso (2: 59; 57: 27; 5: 88/85).  Semejante visión presumiblemente cambió cuando se produjeron los primeros choques con los cristianos.  De entonces son posiblemente las condenas conjuntas dirigidas contra judíos y cristianos  (2: 114/120 y 129/135). 

También en esta época encontramos las primeras referencias a la guerra legitimada por razones religiosas (8: 40/39-41/40), a las peripecias del harén de Mahoma (33: 59), al control represivo ejercido sobre disidentes juzgados peligrosos como es el caso de los poetas (26: 224-228/227) o a una jerarquía social y a la desigualdad entre los sexos (2: 229; 3: 31/35; 4: 38/34; 16: 73/71; 6: 165). 

Estos pasajes proporcionan no poca información, pero plantean un problema como fuente histórica y es que no señalan el engarce concreto con la vida de Mahoma.  A decir verdad,  éste tiene que ser deducido de tradiciones externas.  De esa manera, entramos en una especie de razonamiento circular.     

Una dificultad añadida al uso del Corán como fuente histórica es la de que no sabemos qué parte del material contenido en las suras es original y qué porciones pueden ser una derivación de textos previos.  Los especialistas han encontrado en sus aleyas huellas judías [25], esenias [26], cristianas[27] y, muy recientemente, del cristianismo siríaco hasta el punto de adelantarse la hipótesis que afirma que una parte no escasa del Corán podría consistir simplemente en restos de un himnario cristiano escrito en esa lengua [28].   Esta circunstancia podría incluso llegar al extremo de afirmar que se ha interpretado erróneamente el contenido de algunos de los textos incluidos en el Corán de tal manera que, por ejemplo, las vírgenes del Paraíso originalmente sólo eran… uvas de claridad cristalina[29]

Resumiendo, pues, podemos decir que el Corán plantea notables dificultades para ser utilizado como fuente histórica como el hecho de que contiene muy escasas referencias históricas que puedan identificarse por si mismas, que entraña una innegable dificultad para relacionar no pocas de sus suras con episodios de la vida de Mahoma; que cuenta con notables variantes y alteraciones del texto; que incluye no escasa dificultad en la fijación de la cronología exacta del texto y que plantea un conjunto de problemas sobre sus orígenes que resulta casi imposible de desentrañar.  Sin embargo, estas dificultades que, ciertamente, son imposibles de orillar no significan que el Corán carezca de valor como fuente histórica.  Por el contrario, como tendremos ocasión de ver, puede resultar de notable relevancia para establecer la predicación de Mahoma en aspectos fundamentales, así como su evolución y algunos episodios concretos de su vida.

CONTINUARÁ

[19]   Una de las reconstrucciones plausibles del orden de las suras es la siguiente:  Primer período mecano :     96, 1-5 , 74 : 1-7 , 106 ,  93, 94, 103, 91, 107, 86, 95, 101, 100, 92, 82, 87, 80, 81, 84, 79, 88, 52, 56, 69, 77, 78, 75, 55, 97, 53, 102, 96 : 6-19 , 70, 73, 76, 83, 74 : 8-55, 111, 108, 104, 90, 105, 89, 85, 112, 109, 1, 113, 114;  Segundo período mecano : 51, 54, 68, 37, 71, 44, 50, 20, 26, 15, 19, 38, 36, 43, 72, 67, 23, 21, 25, 27, 18;  Tercer período mecano : 32, 41, 45, 17, 16, 30, 11, 14, 12, 40, 28, 39, 29, 31, 42, 10, 34, 35, 7, 46, 6, 13 y Período medinés : 2, 98, 64, 62, 8, 47, 3, 61, 57, 4, 65, 59, 33, 63, 24, 58, 22, 48, 66, 60, 110, 49, 9, 5.    

[20]  Véase al respecto la reciente edición de Sami Awad Aldeeb Abu-Sahlieh, Le Coran, 2007.

[21]  R. Blachère, Le Coran.  Traduction selon un essai de reclassement des sourates, París, 1947.

[22]  R. Bell, The Qur’ân: Translated with a Critical Rearrangement of the Surahs. Vol. 1. Edimburgo, 1937 y 1939.

[23]   En ese sentido, véase: Ibn Warraq, Virgins? What Virgins and Other Essays?, Armhest, 2010, pp. 247 ss.

[24]  Ver infra, pp.  ss.

[25]  En ese sentido, A. Geiger, Judaism and Islam, Madrás, 1898; W. Rudolph, Die Abhängigkeit des Qorans von Judentum und Christentum, Stuuttgart, 1922; C. C. Torrey, The Jewish Foundation of Islam, Nueva York, 1933.

[26]  En ese sentido, véase: M. Philonenko, “Une expresión qoumrânienne dans le Coran” en R. Paret y alii, Wege der Forschung, Darmstadt, 1975 ; Idem, « Une tradition essénienne dans le Coran » en Revue d´Histoire des Religions, n. 170, 1966.

[27] A. Mingana, An Ancient Syriac Translation of the Kur´an exhibiting New Verses and Variants, Manchester – London, 1925; Idem, Leaves from three Ancient Kur´âns possibly pre-`othmânic, Cambridge, 1914.

[28]  En ese sentido, C. Luxenberg, Die Syro-Aramäische Lesart des Koran.  Ein Beitrag zur Entschlüsselung der Koransprache, Berlín, 2000. 

[29]  En ese sentido, véase: Ibn Warraq, Virgins? What Virgins and Other Essays?, Armhest, 2010, pp. 247 ss.

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