Martes, 25 de Febrero de 2020

XIV.- Crisis y revelación (III): El rechazo

Viernes, 17 de Enero de 2020

La tradición señala que en la época en que Mahoma comenzó a ser objeto de revelaciones gozaba de un cierto prestigio que se traducía, por ejemplo, en que se acudiera a él como mediador en conflictos domésticos.  Sin embargo, ese prestigio no fue ni mucho menos suficiente como para que sus coetáneos consideraron aceptable su sencilla predicación.  Inicialmente, en el período que convencionalmente se conoce como la nubuwa, Mahoma se limitó a comunicar el mensaje a un reducido círculo de allegados.  Fue así como fueron abrazándolo, primero, familiares y luego algunos amigos.  Los contornos de aquella primera predicación se centraron, presumiblemente, en el monoteísmo sencillo que ya hemos visto conectando con una divinidad benévola y providente que sentía compasión hacia los menesterosos y que invitaba a los seres humanos a comportarse de la misma manera. 

      En torno al 612, presumiblemente, Mahoma dejó de comunicar su mensaje a un círculo reducido de seguidores para pasar a anunciarlo de manera pública.  Se iniciaba así el período que, convencionalmente, se conoce como la risala.   Las razones argüidas para ese cambio han sido diversas.  En algún caso[10], se ha señalado como causa el que un grupo de seguidores de Mahoma fue insultado por unos árabes idólatras cuando oraban en uno de los desfiladeros cercanos a la Meca.  De las injurias derivó una pelea en el curso de la cual, uno de los seguidores de Mahoma llamado Sad b. abi al-Waqqas echó mano de una tibia de asno y golpeó con ella a uno de los idólatras dejándolo herido.

     No faltan tampoco los que han discutido la veracidad histórica de este cambio[11]. Lo cierto, sin embargo, es que aparece bien reflejado en las fuentes islámicas donde, a nuestro juicio, se reflejaría también la causa de que el mensaje pasara a ser pronunciado en público.   A ello se referiría, por ejemplo, el mismo Corán:

 

  1. Di: «Sólo os exhorto a una cosa: a que os pongáis ante Al.lah, de dos en dos o de uno en uno y reflexionéis. Vuestro paisano no es un poseso; no es sino un monitor que os advierte de un castigo terrible».
  2. Di: «El salario que yo pueda pediros ¡quedáoslo! Mi salario no incumbe sino a Al.lah. Él es testigo de todo».

              (34: 45/46-46/47)

 

        Este pasaje deja ver un elemento que debió de ser de un extraordinario valor en la predicación primitiva de Mahoma – ciertamente, aparece con una más que acentuada profusión – y que no es otro que la cercanía de un juicio divino de terribles características.  Mahoma, pues, no se limitaba a hablar de un dios único, compasivo y providente, sino que además anunciaba cómo éste iba a juzgar a los que oyeran – o desoyeran - el mensaje.  Mahoma era fundamentalmente el que advertía de esa eventualidad cercana ante la que había que prepararse[12] y es más que posible que esa conciencia le llevara a sobrepasar el estrecho círculo de los primeros seguidores para lanzar su mensaje a toda la comunidad.  

      Al rechazo, desde luego, se unió el deseo de desacreditarlo.  Muy posiblemente tengamos que dar por cierta la tradición que afirma que los coraishíes se reunieron en época cercana a la peregrinación junto al anciano al-Walid b. al-Mugira con la intención de encontrar argumentos con los que denigrar a Mahoma e invalidar su predicación.  A fin de cuentas, su monoteísmo sencillo chocaba frontalmente no sólo con una visión politeísta sino también con un modelo social de consecuencias económicas.  Fue así como pensaron llamarlo despectivamente kahin (sacerdote) – lo rechazaron por que recordaba al cohen judío y tenía un cierto prestigio religioso – majnun (poseído) – que también fue rechazado porque sugería la presencia de un jinn (genio) amparándolo – y sahir (brujo).   Al respecto, no deja de ser curiosa la tesis de un autor musulmán que, recientemente, ha intentado explicar el fenómeno espiritual que significa Mahoma identificándolo con un chamán[13].  Semejantes intentos encuentran su eco en el Corán donde se anuncia el castigo de los que motejan así a Mahoma:

 

  1. Y ha dicho: «¡Esto no es sino magia aprendida!
  2. ¡Es sólo lo que dice un mortal!»
  3. ¡Lo entregaré al ardor del saqar[14] !
  4. Y ¿cómo sabrás qué es el saqar ?
  5. No deja residuos, no deja nada.
  6. Abrasa la piel.
  7. Hay diecinueve[15] que lo guardan.

(74: 24-30)

 

  1. ¡Amonesta, pues, porque, por la gracia de tu Señor, no eres ni un adivino ni un poseso!
  2. O dicen: «¡Un poeta...! ¡Esperaremos a ver qué le pasa!»
  3. Di: «¡Esperad!  Yo espero con vosotros».
  4. ¿Se les ordena en sueños que hablen así o es que son gente rebelde?
  5. O dicen: «¡Él se lo ha inventado!» ¡No, no creen!

 (52: 27/29-33/31)

 

     Este último pasaje del Corán recoge las objeciones principales que la mayoría de los contemporáneos de Mahoma oponían a su mensaje.  Podía ser un adivino – en el peor sentido del término – un endemoniado o incluso uno de esos poetas que entraban en trance para recitar sus versos.  Hasta podía ser que se hubiera inventado sus revelaciones.  Lo que resultaba inverosímil era que fuera un profeta.  La respuesta contenida en el Corán subrayaba el hecho de que no habían llegado a esas conclusiones porque hubieran recibido una revelación espiritual en sueños sino por mera incredulidad.  Si se oponían a Mahoma era simplemente porque se negaban a creer.  Las razones de esa incredulidad recibirían en Mahoma, como tendremos ocasión de ver, una explicación paralela a la de las creencias de otras religiones.  Así,  atribuiría la fe a un don divino y la falta de ella a pura responsabilidad humana.  Agustín de Hipona en los últimos escritos de su vida, dedicados a la gracia, sostenía exactamente el mismo punto de vista en relación con la fe en Cristo.  Dios es el que otorga la fe y, por lo tanto, el que cree no lo hace por mérito propio sino porque el Altísimo se lo ha concedido en Su misericordia.  Por el contrario, el que no cree sólo puede atribuir esa conducta a su voluntad.  Con todo, semejante obstáculo frente a su enseñanza iba a resultar una realidad amarga e imposible de negar durante los años venideros. 

CONTINUARÁ    


[10]  Por ejemplo, J. Vernet, Oc, p. 42.

[11]  En ese sentido, J. Vernet, Oc, p. 42.

[12]  R. Bell, The Origino f Islam in its Christian Environment, Londres y Edimburgo, 1968, p. 84 ss.

[13]  Abdelmumin Aya, El secreto de Muhammad.  La experiencia chamánica del Profeta del Islam, Barcelona, 2006.  El texto es, ciertamente, interesante, pero el autor no parece reparar en que identifica a Mahoma precisamente con una de las principales acusaciones que contra él utilizaron sus adversarios.

[14]  El sexto nivel de Yahannam o infierno.  La palabra tiene que ver con la idea de insolación y de quemazón en la cara.

[15]  Se refiere a ángeles.

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