Martes, 25 de Febrero de 2020

XIX.- El inicio de la predicación en la Meca (V): El segundo período mecano (615-619) (II): la persecución

Viernes, 14 de Febrero de 2020

La vida de Mahoma corría, literalmente, peligro y cuando Abu Talib reunió al clan hashimí – con la excepción de Abu Lahab y su esposa Umm Shamil – y le hizo jurar que defenderían la vida de su sobrino no estaba dejándose llevar por el alarmismo sino actuando con notable sensatez.  De manera bien reveladora, la poesía fue utilizada para comunicar tan importante resolución.  Si Abu Talib ideó una en defensa de su sobrino, Abu Qays b. al-Aslat, de Yatrib, que estaba casado con una tía de Jadiya, intentó recurriendo a sus versos calmar a las dos partes para impedir que se llegara al derramamiento de sangre. 

     Es muy posible que el intento de evitar el derramamiento de sangre impulsara a los coraishíes a intentar asesinar a Mahoma y así acabar de raíz con los problemas que les ocasionaba.  Fue así como, según la tradición, Mahoma se convirtió en objeto de un atentado perpetrado por Uqba b. abi Muit.  Es más que posible que éste hubiera logrado estrangularlo de no ser porque se interpuso Abu Bakr al-Siddiq, uno de los primeros conversos al que, por esa época, se nombró awwal jatib (primer predicador).  Mesaron la barba de Mahoma e incluso le arrancaron algún mechón de pelo, pero salvó la vida.   

     No pudo, sin embargo, evitar en aquella época Mahoma humillaciones e insultos.   Aparte de insistir en que era un simple hombre que no decía nada de particular, en que era un endemoniado o – una injuria nueva, la de abtar[1] – en que no podía tener hijos varones o, si los tenía, morían al poco tiempo[2], los idólatras arrojaban basura delante de su casa y no se recataban de insultarlo cuando se cruzaban con él por la calle.  Así, en cierta ocasión, mientras transitaba por la Meca fue motejado de embustero por un grupo de idólatras.  Mahoma regresó lleno de pesar a su casa donde, según la tradición, recibió parte de la sura 74 anunciando el juicio contra los que amargaban su existencia:

 

  1. Cuando suene el cuerno[3],
  2. ése será, entonces, un día difícil
  3. para los infieles, nada fácil.
  4. ¡Déjame con Mi criatura, solo
  5. Le di una gran hacienda,
  6. e hijos varones que están presentes!
  7. Todo se lo he dado en abundancia,
  8. pero aún ambiciona más.
  9. ¡Pues no! Se ha mostrado hostil a Nuestros signos.
  10. Le haré subir a Suud[4].
  11. Ha reflexionado y meditado una decisión,
  12. pero ¡qué decisión! ¡Muera!
  13. Sí, ¡qué decisión la suya! ¡Muera!
  14. Luego, ha mirado.
  15. Luego, ha fruncido el ceño y se ha entristecido.
  16. Luego, ha vuelto la espalda, lleno de soberbia.
  17. Y ha dicho: «¡Esto no es sino brujería aprendida!
  18. ¡Es sólo la palabra de un mortal!»
  19. ¡Lo haré entrar en saqar ![5]

(74: 8-26)

 

     Resulta muy posible que en esta sura se juntaran – hemos citado ya otras aleyas – diversos mensajes en los que se anunciaba el consuelo para Mahoma y el castigo para los que amargaban su existencia (a. 8-10).  En este caso concreto, tradicionalmente se ha considerado que el texto estaba relacionado de manera muy específica con al-Walid al Mughira, del clan de los coraishíes.  De hecho, la aleya 11 ha sido interpretada como una referencia expresa a él ya que, dadas sus muchas riquezas, era conocido como al-wahid o el único.  Había recibido mucho de Al.lah, pero esa feliz circunstancia no lo había llevado a creer (a. 11-15).  Incluso se había permitido acusar a Mahoma de brujería (a. 24) y de pronunciar sólo palabras propias de cualquier ser humano (a. 25).  Por lo tanto, lo único que recibiría sería un castigo infernal, en el nivel del infierno donde uno se abrasa (a. 26). 

    La situación ciertamente se había convertido en muy crítica para Mahoma y buena prueba de ello es que incluso algunos de sus parientes comenzaron a sentirse irritados contra alguien que les estaba complicando la vida.  Abu Lahab, por ejemplo, comenzó a dejar excrementos humanos y animales en la puerta de la casa de Mahoma y Al-Aswad b. Abd Yagut b. Wahb, primo de Mahoma por vía materna, no se recataba de insultar a sus seguidores cuando los veía pasar diciendo burlonamente que eran “los reyes de la tierra, los que heredarán el imperio persa” [6]

       Según la tradición, la amenaza del castigo de Al.lah cobró una especial tangibilidad cuando, efectivamente, algunos de los detractores de Mahoma sufrieron destinos aciagos.  Quizá el caso más notable fuera el de Al-Harit b. Qays b. Sad al-Sahmi, apodado Ibn Gaytallah.  Este personaje rendía culto a una imagen y solía acusar a Mahoma de farsante.  Un día, tras comer salazón de pescado, comenzó a tener sed hasta que acabó muriendo poco después.  Es cierto que la muerte podía explicarse por medios puramente naturales, pero se interpretó como una acción punitiva de Al.lah contra alguien que había insultado a Mahoma.  Con el tiempo, a este episodio se uniría también el de al-As Wail al-Sahmi que, unos dos meses después de que Mahoma se trasladara a Yatrib, cayó del asno y se hirió en un pie con una espina.  De esta circunstancia derivó una infección que le causó la muerte de una manera bastante común en la época dado el tipo de calzado[7].  En otros casos, el castigo de los enemigos se retrasó aún más hasta la época en que Mahoma se convirtió en un caudillo capaz de derrotar a sus adversarios y de ordenar su muerte.  Sería el caso de Abu-l-Walid Uqba b. abi Muayt Aban, al que se ejecutó después de la batalla de Badr.

     Las medidas de presión sobre el pequeño grupo no se dirigieron sólo contra su dirigente sino que se cebaron, como era de esperar en un caso de intolerancia religiosa, contra los más indefensos.  Especialmente afectados resultaron los esclavos conversos hasta el punto de que Abu Bakr se entregó a comprar a algunos para proporcionarles así no sólo la libertad sino también cierta garantía de sobrevivir.  Ése fue el caso, por ejemplo, de Bilal b. Riyah, el primer converso negro con que contó la predicación de Mahoma.

      No es menos cierto que este tipo de presiones acabó también añadiendo a algunos adeptos al grupo inicial.  Fue el caso, por ejemplo, de Hamza b. Abd al-Muttalib, tío de Mahoma, en una fecha situada en torno al 615.  Según la tradición, en cierta ocasión, Abu Shahl Amr comenzó a insultar a Mahoma cerca de la colina de as-Safa y pronto acabó por injuriar a sus familiares.  Hamza regresaba en esos momentos de una cacería y acudió inmediatamente a buscar a Abu Shahl Amr.  Lo encontró en compañía de algunos coraishíes cerca de la Kaaba y no dudó en insultarlo, golpearlo con su arco y, acto seguido, anunciar que abrazaba la nueva fe.

      Posiblemente, Hamza no deseaba más que dejar de manifiesto que no iba a permitir que se maltratara a un miembro de su familia que, por otra parte, no hacía mal a nadie.  Fuera como fuese, los coraishíes volvieron a plantearse la táctica seguida frente a la predicación de Mahoma.  En esta ocasión, se dirigieron hacia él quedando constancia del episodio en dos isnads diferentes.  En uno de ellos, se cuenta que los coraishíes enviaron a Utba b. Rabia para decir a Mahoma que si lo que ambicionaba era dinero, estaban dispuestos a enriquecerlo y que si lo que ansiaba era poder, no tenían inconveniente en proclamarlo su jefe, pero si, por el contrario, estaba poseído por un espíritu, estaban dispuestos a buscar a un médico que pudiera tratarlo costara lo que costara.  El acercamiento resulta muy revelador de lo que los coraishíes pensaban de Mahoma.  No creían una sola palabra sobre su revelación incluidas las referencias a un juicio cercano de aquel dios único al que predicaba.  Si se comportaba así por codicia o ambición, estaban dispuestos a satisfacer ambas pulsiones para evitar un conflicto mayor.  Si, por el contrario, era víctima de un fenómeno demoníaco – que era lo que llevaban afirmando desde hacía años – estaban también más que dispuestos a enfrentarse con esa eventualidad, por muy cara que pudiera resultar, costeando a un médico que lo liberara de semejante esclavitud.  Mahoma rechazó las tres posibilidades y, según la tradición, fue entonces cuando recitó la sura 41: 

 

¡En el nombre de Al.lah, el Compasivo, el Misericordioso!

  1. ha mim[8].

1/ 2[9]. Revelación procedente del Compasivo, del Misericordioso.

2/3.   Un libro cuyos signos son un discernimiento manifiesto que ha sido explicado en una Recitación árabe para gente que sabe.

3/4.   Es portador de buenas noticias y monitor. La mayoría, empero, se desvía y no escucha. 

4/5. Y dicen: «nuestros corazones están cerrados a lo que nos llamas, nuestros oídos padecen sordera, un velo nos separa de ti. ¡Haz, pues, lo que juzgues oportuno, que nosotros lo haremos también!»

5/6. Di: «Yo soy sólo un mortal como vosotros, a quien se ha revelado que vuestro dios es un dios único. ¡Id, pues, derechos a Él y pedidle perdón! ¡Perdición para los asociadores,

6/7. que no dan el zakat y no creen en la Última vida!

7/8.  Los que crean y obren bien, recibirán una recompensa ininterrumpida».

8/9.   Di: «¿Cómo es que no creéis en Quien ha creado la tierra en dos días y Le atribuís iguales? ¡Tal es el Señor del universo!»

9/10. En cuatro días iguales, puso sobre ella montañas, la bendijo y repartió alimentos. Para los que inquieren.

10/11. Luego, se dirigió al cielo, que era humo, y le dijo a éste y a la tierra: «¡Venid a mi por las buenas o por las malas!» Dijeron: «¡Venimos de buen grado!»

11/12. «Realizó siete cielos, en dos días, e inspiró a cada cielo su cometido. Hemos engalanado el cielo más bajo con luminarias, como protección.  Ésa es la decisión del Poderoso, el que Conoce».

12/13. Si se desvían, di: «Os he prevenido contra un rayo como el que fulminó a los de Ad y los Zamud».

13/14. Cuando vinieron a ellos los enviados antes y después. «¡Servid únicamente a Al.lah!» Dijeron: «Si nuestro Señor hubiera querido, habría enviado a ángeles. No creemos en aquello con lo que habéis sido enviados».

(1: 13/14)

 

     En las aleyas que acabamos de reproducir puede observarse que el texto constituye un enérgico alegato contra aquellos que no creyeron en el único dios en ocasiones pasadas.  Si entonces no había escapado del castigo divino, ahora, por supuesto, tampoco iban a escapar si rechazaban a Mahoma, el último enviado.  El destino de los incrédulos sería semejante al que había caído sobre Ad y Zamud.

       La segunda versión del episodio transmitida por la tradición es bastante parecida salvo que en ella se afirma que fue una comisión la encargada de transmitirle las propuestas.  El episodio derivó en una disputa teológica y, en un momento determinado, los idólatras citaron la aleya 26/28 de la sura 25 alegando que el al-Rahmán al que se hacía referencia en ella no era otro que un personaje que vivía en Yamama y del que Mahoma había aprendido su mensaje.  Surgía así uno de los aspectos más incómodos de la biografía de Mahoma, el de que hubiera podido contar con un mentor que le inspirara su mensaje.  Desde entonces hasta el día de hoy, no son pocos, desde luego, los especialistas que han llegado a una conclusión semejante [10].  Mahoma sintió en aquellos momentos el pesar de comprobar que no iba a convencer a los coraishíes.

     Ante un resultado tan frustrante, según la tradición, Abu Shahl, el mismo que había tenido un encontronazo con Hamza, propuso lisa y llanamente asesinar a Mahoma.  Los coraishíes aceptaron la idea e incluso se comprometieron a defender a Abu Shahl frente a cualquier represalia que cupiera esperar de los hashimíes. 

     Al día siguiente, mientras Mahoma, según tenía por costumbre, se hallaba orando en dirección a Jerusalén, al lado de una columna que recibía el nombre de Rukn al-Yamani[11], Abu Shahl se dirigió hacia él cargado con una gran piedra con la intención de aplastarle la cabeza.  No llegó a hacerlo.  Por el contrario, se apartó de Mahoma desencajado sin llevar a cabo su propósito.  Cuando los coraishíes le preguntaron por lo que había sucedido, Abu Shahl comentó que había visto avanzar hacia él a un fantasma de aspecto horrible que le había infundido el terror suficiente como para desistir de la empresa.  De corresponderse esta tradición con un hecho histórico, no resulta fácil interpretar exactamente lo que sucedió.  En cualquier caso, los coraishíes no llegaron a la conclusión de que Mahoma contara con una defensa divina, si acaso con una demoníaca – de ahí el aspecto del ser sobrenatural que se había cruzado con Abu Shahl – lo que confirmaba sus peores impresiones sobre el sobrino de Hamza.  Durante los meses siguientes, los enemigos de Mahoma recurrieron lo mismo a interrumpir su predicación – fue el caso de al-Nadr b. al Harit, que pagó la osadía con su ejecución tras la batalla de Bard años después – que a intentar desacreditar su mensaje.  En este caso concreto, el método seguido fue mucho más sofisticado que nada de lo intentado contra Mahoma hasta ese momento.  Dado que el personaje mencionaba con relativa frecuencia episodios de la Historia bíblica de Israel, sus adversarios decidieron enviar una comisión al Yatrib para que los rabinos del lugar formularan tres preguntas que determinaran si era o no un profeta[12].  Según la tradición, Mahoma acabó dando la respuesta adecuada, pero el hecho de que se tomara un tiempo para hacerlo es muy posible que llevara a sus adversarios a pensar que había salido del paso gracias a algún mentor y no porque fuera quien afirmaba ser.

     Las presiones sufridas durante aquel período de 614-615 tuvieron consecuencias directas sobre Mahoma y sus seguidores.  De entrada, Mahoma buscó refugio en la casa de al-Arqam b. abi-l-Arqam b. Asad en compañía de unos treinta y nueve seguidores entre los que se hallaba el propio al-Arqam.  Según la tradición, el lugar no se le brindaba protección sino que además, al hallarse situado cerca de un camino muy transitado que unía al-Safa con al-Marwa, permitió que Mahoma predicara a los viajeros sin que nadie pudiera presentar objeciones contra él.  Se ha discutido el peso que pudo tener en la captación de nuevos adeptos y, posiblemente, haya que aceptar que ha sido un tanto exagerado[13], pero, sin duda, proporcionó un respiradero a un movimiento que se enfrentaba con presiones notables.  En ellas había que encontrar la causa para que algunos de los que habían abrazado el mensaje de Mahoma – en torno a un centenar – decidieran optar por el exilio en el 615.  Marcharon así a Abisinia donde el rey, que era cristiano, les brindó amparo posiblemente al ver que eran monoteístas y que mencionaban tanto a Jesús como a su madre.  El paso era punto menos que obligatorio y el propio Mahoma lo autorizó, pero no con agrado.  Así, cuando en el 629 regresaron a Arabia, fueron mal vistos y en el 637, siendo ya califa Umar b. al-Jattab estuvieron a punto de no recibir ninguna de las pensiones establecidas para recompensar a los fieles veteranos.   Con todo, el episodio que, seguramente, deja más de manifiesto la violencia de las coacciones sufrida por Mahoma y sus seguidores sea el de las denominadas aleyas – mucho menos exactamente versos – satánicas. 

CONTINUARÁ


[1]  Es decir, sin cola, sin descendencia.

[2]  Fue el caso de Ibrahim que se le murió ya residiendo en Yatrib.

[3]  Usado en este caso como trompeta.

[4]  Una cuesta.

[5]  El sexto nivel de Yahannam.

[6]  En el mismo sentido, J. Vernet, Oc, pp. 48-9.

[7]  En el mismo sentido, J. Vernet, Oc, p. 47.

[8]  Este tipo de letras aparece al inicio de algunas de las suras del Corán.  Las explicaciones que se han dado son diversas.  Posiblemente, se trate simplemente de una clave para colocar las suras en el conjunto del texto cuyo significado se ha perdido con el paso del tiempo.

[9]  Las aleyas de esta sura reciben una numeración distinta según las ediciones del Corán.

[10]  Véase en especial a J. Azzi, Le Prêtre et le Prophète, París, 2001.

[11]  La elección del lugar no deja de ser significativa.  Mahoma dirigía sus oraciones a Jerusalén como hacían los judíos, pero entre la roca y la Ciudad Santa se encontraba la Piedra negra.

[12]  Acerca de los judíos en Yatrib, véase: M. Gil, “The Origin of the Jews of Yathrib” en Jerusalem Studies in Arabic and Islam, 4, 1984, pp. 203-223.

[13]  Ésa es la opinión de J. Vernet, Oc, p. 50.

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