Xi´an (IV)

Martes, 22 de Enero de 2019

Ya he señalado con ocasión de otros viajes que China se ha colocado a la cabeza de la museística mundial.  Cualquier lugar de su inmenso territorio que se recorra cuenta con museos extraordinarios que lo mismo se relacionan con la Historia contemporánea que con épocas milenarias.   En ese sentido, el museo de Historia de Shaanxi – que tiene nada más y nada menos que trescientas setenta mil piezas – es una confirmación extraordinaria de la regla general.

Buena parte del museo – aunque no todo – se relaciona con la extraordinaria dinastía Tang.  Es cierto que para los occidentales esa dinastía significa poco o nada, pero su relevancia es superior a la de muchas dinastías europeas.  Los Austrias españoles, por ejemplo, duraron dos siglos y dejaron a la nación arruinada en la lucha por seguir las directrices de la Santa Sede.  Personajes como el gran historiador Claudio Sánchez Albornoz reconocían que habían sido una gran desgracia para España tronchando su trayectoria histórica.  Los Tang duraron del 618 al 907 y encarnaron una auténtica edad de oro marcada no por un fanatismo inquisitorial como el de la Contrarreforma sino por un cosmopolitismo que se encontraba en la base de su riqueza cultural, económica y social.  La grandeza de su primer emperador, al que me he referido en una entrega anterior, convierte a Carlomagno en un mero jefe de bandidos.  A decir verdad, Carlomagno es grande sólo por comparación con el resto de Europa, porque Napoleón y Hitler lo vieron como inspiración, porque asentó la base de las ambiciones nacionales de Francia e Inglaterra y porque se dejó engañar por el obispo de Roma para entregarle unos estados pontificios que serían la base del poder político del papado. Además practicó una política de genocidio conversor hacia los sajones de no poca relevancia. No son, ciertamente, razones que me conmuevan positivamente.  En términos relativos, Carlomagno era menos bruto que otras cabezas coronadas de occidente y, sin duda, el más importante. En comparación con los Tang, era uno de tantos reyes semianalfabetos e intolerantes a los que el clero acaba convenciendo de que están tocados por la mano de Dios, situación que deben agradecer derramando tierras y oro sobre esos mismos clérigos. Pero volvamos a los Tang.   

Los Tang – cuya capital era Xi´an - no sólo se expandieron territorialmente sino que reinaron sobre una población que osciló entre los cincuenta y los ochenta millones de súbditos.  De manera bien reveladora, los Tang extendieron la influencia cultural de China sobre naciones como Corea o Japón y, a decir verdad, ese influjo no se eclipsaría después del final de la dinastía.  Vietnam o Thailandia son otros reinos donde la influencia de la cultura china es más que visible en la actualidad.  Por cierto, he de decir que también fue la dinastía que contó con la única emperatriz – Wu – de la Historia de China.  Era un personaje siniestro, pero impresionante.     

No sólo fue la extensión política y territorial o la economía floreciente relacionada con la ruta de la seda lo que caracterizó a los Tang.  Su organización política y administrativa prácticamente duró hasta el siglo XX y extendió su influjo al resto de Extremo Oriente y con razón.  Para los occidentales, nombres como los de Li Bai o Du Fu seguramente no significarán mucho, pero se trata de dos poetas auténticamente extraordinarios.  Creo haber hablado ocasionalmente de Li Bai porque reconozco que es uno de mis poetas preferidos.  Tampoco Han Gan, Zhang Xuan o Zhou Fang les dirán gran cosa, pero sus pinturas fueron verdaderamente extraordinarias. Todo ello sin contar las obras de geografía, historia o filosofía del período.  Incluso cuando el siglo IX, el poder político de los Tang comenzó a declinar, la cultura siguió floreciendo con una increíble pujanza, algo que no sucedió, por ejemplo, en la España del siglo de oro donde la derrota en la guerra de los treinta años significó que se echara el telón sobre el fecundo – y no siempre bien conocido – siglo de oro.

El museo de Historia – ante el que hay inmensas colas de gente cualquier día de la semana lo que dice mucho del interés por la cultura de los chinos – permite adentrarse siquiera un poco en toda esa grandeza.  Ni quiero ni puedo realizar una descripción exhaustiva del lugar.  Baste decir que el visitante puede comenzar con la prehistoria – sí, hasta la prehistoria china es peculiar – y pasar por dinastías como la Shang, la Zhou, la Qin y la Han hasta llegar a los Tang, los Song y los Qing.  Si tuviera que escoger una sola palabra para definir el arte chino – y eso incluye la museística actual – sería armonía.  A lo largo de milenios, los chinos han sabido inyectar armonía en sus bronces, en sus frescos, en sus teteras, en sus jardines, en sus bosques, en sus lagos.  Donde otras culturas han buscado lo grandioso – como Egipto o Roma – lo bello – como Grecia – o lo espectacular - piénsese en ese horror estético que es el barroco, un estilo recargado y vanidoso, pero sin corazón real – China ha buscado la armonía.  Lo ha logrado de una manera tan acabada que mientras que un occidental necesita recortar, acotar, limitar un parque – y puede hacerlo con resultados más que notables – los chinos logran hacer lo mismo convenciéndonos de que el parque es así de manera natural y no por intervención humana.

Lara y yo dedicamos toda la mañana a recorrer unas salas en las que desde el hombre primitivo hasta los Qing pudimos ver la manera en que China supo conjugar su genio propio con influencias extranjeras como las indias o las iranias, supo yuxtaponer lo hermoso con lo práctico y supo aunar bajo una bandera común a taoístas, confucianos, budistas, cristianos y musulmanes. 

Hay momentos en esa visita cuando, como si estuviéramos embriagados, Lara y yo nos sentamos a descansar y a intentar evitar que tanta belleza nos abrume.  Así resulta especialmente tras contemplar los frescos de la dinastía Tang que también llamaron la atención del presidente Bill Clinton en una visita a China.  Cuando occidente no se había repuesto todavía del desplome del imperio romano y su arte era apenas balbuciente, cuando el islam asentado en el sur del continente no había conseguido despegar culturalmente porque no había absorbido, siquiera en parte, la herencia clásica, cuando buena parte de Europa yacía realmente en tinieblas, los chinos de la dinastía Tang dejaban reflejados en sus frescos un mundo de damas de la corte y poetas, de mujeres dedicadas a la música y cacerías imperiales, de refinamiento y belleza.  Tan sólo por la extraordinaria sala dedicada a los frescos prodigiosos de esta dinastía merecería la pena visitar este museo. 

La verdad es que, de buena gana, Lara y yo desearíamos poder quedarnos en Xi´an no una semana sino meses aunque sólo fuera para ver estas colecciones pieza por pieza.  Ni que decir tiene que no es posible.  A fin de cuentas, la vida es corta y gracias debemos darle a Dios si logramos atisbar, de manera breve y puntual, algunas de las maravillas que alberga este mundo.

CONTINUARÁ           

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