Xi´an (V)

Jueves, 24 de Enero de 2019

Resulta impensable abandonar Xi´an sin pasear antes por su muralla, una muralla en la que destacan dos extraordinarias torres que ya constituyen de por si una visita digna de realizarse aunque representan una mínima parte de lo que merece la pena ser observado. 

Para que el lector pueda hacerse idea de lo que hablo, debo decirle que las murallas – extraordinariamente bien conservadas – forman un rectángulo de catorce kilómetros.  En otras palabras, cada lado es algo inferior a los cuatro kilómetros de longitud.  Lara y yo decidimos recorrer al menos uno de los lados.  Al final, recorrimos dos e caminamos algo más de siete kilómetros.  La experiencia resulta impresionante.  No se trata sólo de que la marcha no es pequeña sino de que, en ocasiones, nos encontramos solos en todo el tramo de muralla que podemos abarcar con la vista tanto por delante como por detrás de nosotros.  Es inevitable preguntarse qué sucedería si sufriéramos un percance porque a la vista está que podría pasar mucho tiempo antes de que alguien pudiera ayudarnos.  En un momento dado, bromeo con Lara diciéndole que todos los chinos que han ido subiendo a la muralla cuando nosotros lo hicimos se han ido muriendo y sólo nosotros sobrevivimos.  El paseo – si es que se puede llamar paseo a una travesía de más de siete kilómetros - acaba convirtiéndose en una experiencia divertidísima en la que Lara y yo tenemos que detenernos más de una vez porque las carcajadas nos impiden continuar el prolongado paseo. 

Cómo levantaron los chinos aquellas construcciones, cómo las defendían y cómo las mantenían de nuevo constituyen pruebas adicionales de su genio nacional porque – puede creerme el lector – durante milenios ningún poder occidental fue capaz de levantar nada que se pareciera a este complejo arquitectónico. 

Llevamos no menos de cinco kilómetros de camino cuando descubrimos, agazapado cerca de una esquina de la muralla, un templo tibetano.  Se puede contemplar desde la altura baluarte con total claridad.  Su techumbre dorada y, sobre todo, el árbol bodhi – aquel frente al que el antiguo príncipe Shakyamuni se convirtió en Buda o iluminado – parecen trasladarnos a otra época o simplemente a un par de años atrás cuando viajamos juntos a Tibet y a poco no sobrevivimos al viaje.  Sin embargo, lo cierto es que estamos en el siglo XXI y que China es gobernada desde hace décadas por un partido comunista y ateo.  Comunista y ateo, pero no estúpido, cerril o fanático como sucede en Cuba, Venezuela o España.  Basta pasear la vista en torno nuestro para comprobar que no sólo ensalza la Historia patria aunque fuera imperial – o quizá por eso – sino que además permite una cierta libertad de culto y, sobre todo, ha comprendido que el mercado es un gran instrumento de progreso para las masas.  Desde principios de este siglo, en contra de lo que dice tanto indocumentado, la población pobre del mundo se ha reducido a la mitad y buena parte de ese avance se debe al gobierno chino.

Los edificios que se contemplan desde estas inmensas murallas son en no pocos casos rascacielos y, desde luego, están imbuidos de la más rabiosa modernidad.  China parece haber encontrado la fórmula para ser comunista y practicar la economía de mercado, para presumir de su pasado extraordinario y proyectarse al futuro, para declararse oficialmente atea y tolerar al lado de las murallas un templo del budismo tibetano.  Sinceramente, me cuesta creer que alguien más - ¿quizá Vietnam? - esté logrando en la actualidad una síntesis tan extraordinaria.   

     CONTINUARÁ

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